Todos hemos escuchado la frase: "Trabajar con la familia es lo mejor porque hay confianza." Y sí, la confianza es una gran ventaja, pero también puede convertirse en un problema cuando se piensa que por ser familia no hacen falta reglas. Muchas empresas familiares empiezan de manera muy natural. Al principio son pocas personas, todos hacen de todo y las decisiones se toman en una conversación rápida. El problema es que la empresa empieza a crecer, llegan más colaboradores, aumentan los clientes y esa forma de trabajar ya no alcanza. Hay algo que veo muy seguido cuando visitamos empresas familiares. Un colaborador recibe una instrucción del papá, después llega el hijo y le dice que lo haga diferente, y más tarde aparece otro integrante de la familia con una tercera indicación. Al final, el colaborador ya no sabe a quién hacerle caso. Y lo peor es que, si toma una decisión, alguien termina diciéndole que estaba mal. En realidad, el problema no es el colaborador, sino que la empresa nunca definió quién toma las decisiones y quién tiene autoridad sobre cada tema. También pasa que todos quieren opinar sobre todo. Para contratar a una persona participan varios miembros de la familia, para autorizar una compra también, y cuando surge un problema, todos tienen una opinión distinta. En lugar de avanzar, las decisiones se vuelven lentas y eso termina desgastando a todos. Otro tema muy importante es cuando los puestos se asignan únicamente porque alguien es parte de la familia. Ser hijo, hermano o sobrino del dueño no significa que automáticamente tenga el perfil para ocupar cualquier puesto. Igual que cualquier colaborador, cada integrante de la familia debería tener responsabilidades claras y desempeñar un trabajo para el que realmente esté preparado. Eso no solo ayuda al negocio, también genera confianza en el resto del equipo. Y seguro te ha pasado algo parecido. Están en una comida familiar, en un cumpleaños o incluso en una reunión de fin de semana, y de repente toda la conversación gira alrededor de la empresa. Que si las ventas bajaron, que si un colaborador hizo algo mal, que si un proveedor no cumplió. Poco a poco, el negocio empieza a invadir los espacios familiares y los problemas del trabajo terminan afectando la convivencia. Hay otra situación que también es muy común. Todo tiene que pasar por una sola persona. No importa si es una compra pequeña, una autorización o una decisión sencilla; todos esperan a que el fundador diga qué hacer. Eso hace que la empresa dependa completamente de una persona y, mientras más crece el negocio, más difícil se vuelve operar de esa manera. La buena noticia es que todo esto tiene solución. No se trata de hacer una empresa rígida ni de llenar todo de reglas innecesarias. Se trata de ponerse de acuerdo, definir responsabilidades, establecer quién toma cada decisión y documentar la forma de trabajar. Cuando eso sucede, disminuyen los conflictos, los colaboradores trabajan con mayor claridad y la familia puede enfocarse en hacer crecer el negocio, sin que las relaciones personales se desgasten. Al final, una empresa familiar no deja de ser familiar por tener reglas. Al contrario, las reglas ayudan a cuidar tanto a la empresa como a la familia.

¿Cómo saber si tu empresa familiar ya necesita poner reglas?
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